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domingo, 22 de junio de 2014

Constelaciones navegan en la herida de tu vientre




 La puerta de fuego aparece en la cumbre de la montaña, su réplica naufraga en el océano, una sirena demente la atraviesa e ilumina la marea que se eleva hasta rasgar la noche, revienta en la costa y sumerge la capital.
Al abrir mi puerta el océano resplandece,  tus huellas se han grabado  en la arena y dirigen a la ermita del cristo decapitado.
Tu nombre es el mantra que enciende la noche.
Plegaria cósmica.
Que enuncio cuando cierro los párpados, desde tú último beso. 
Cuando partiste golpeaban a mi puerta, empuñé el arma y en el momento de presionar el gatillo; escuché tu voz. Al salir encontré los edificios en ruinas, de las coladeras escapaba vapor y me quité la playera para limpiar la sangre que escurría sobre mi puerta.
Desde entonces una pupila abismal me observa por la mirilla de mi puerta.
Día y noche me observa bajo los párpados.
A la mañana siguiente el sol ascendía en el firmamento, los rayos se filtraban por las ventanas y por las puertas que un extraño abrió mientras dormía; luz inundó el espacio, cada rincón de la casa. Salí de la habitación y quedé pasmado en la escalera al descubrir tu sombra en la pared; giraste el torso, de tu espalda se desprendió una parvada de aves, por un instante las paredes fueron el aviario de tu sombra celeste.
Ahora desde muy alto caen plumas de aves.
La séptima noche volvieron a tocar mi puerta, al abrir, la calle era una boca de lobo y al fondo escuché niños que reían triunfantes de su travesura.
Ojalá la vida sea una travesura,  la risa que emerge desde el estómago, que contagia y enferma.
Sueño con el instante preciso de tu regreso y que al cerrar la puerta sólo quedaremos tú y yo en todas las formas, pero mientras sueño, en las puertas de los palacios escurre sangre de hombres que las golpean hasta descarnarse los nudillos y ahora deambulan por las calles con manos destruidas, con hambre y miedo.
Los reyes devoran el banquete de carne con su corona pulcra y reluciente de espinas centellantes.
Las siete puertas de Ishtar emergen del desierto.
Detrás de todas encontré una virgen moribunda.
Cientos de puertas de arena desaparecen en un parpadeo.
Desde que partiste sigo a estos hombres uniformados que marchan rumbo a la guerra, dispuestos a perder la vida por una mísera patria, por mí que el capitalismo se consuma en la cruz de su origen.  
Yo sólo ansío encontrarnos una vez más.
Deambulo por la ciudad abriendo puertas de edificios que desaparecen, un centenar flotan en el cielo y escupen suicidas.
El aire levanta escombros de puertas y las lanza como proyectiles que atraviesan mi cuerpo.
Un satélite ha localizado una puerta que navega por el universo y la teoría es, que detrás de esa puerta existe otro universo y otra puerta y otro universo y otra puerta que da a nuestra primera puerta que aparece en la cima de la montaña.
Y al abrirla apareces y me doy cuenta que la vida es cierta, constelaciones navegan en la herida de tu vientre, el océano revienta en tus pupilas y escurre por tus pestañas; una estrella muere detrás de tus labios y en su último parpadeo estalla la súper nova que ilumina tu lengua, tú saliva siembra horizontes en cada poro de mi piel, cientos de soles resplandecen en el sudor de tu pecho, los incendios de toda la historia combustionan en tu abrazo y se expanden por mi espalda, vértebra por vértebra el nacimiento del fuego que consume todas las puertas, pero ¿Qué más da? Tú y yo ya estamos del otro lado.



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