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jueves, 6 de febrero de 2014

El prólogo de lo que nunca fue



Los dos se acercan mientras se hablan al oído. A cada paso la música suena más fuerte y cimbra en la sangre. En sus ojos el abismo y con la mirada pactamos la noche que ya latía en mí. Bailamos. Pierdo mis manos bajo su ropa, mis labios se evaporan en los suyos, mi cuerpo es luz derramada entre sus brazos.

Acabamos contra la pared que se expande. Mi lengua herida navega y se pierde mar adentro. Ellos al mirarse escapan a un mundo que centellea en sus pupilas. Al besarse las venas de su cuello se hinchan, su tormenta revienta en mis entrañas y en sus lenguas descubro tatuajes de símbolos.

La noche acabó en la cama, en las sábanas que cobran movimiento y su oleaje revienta en nuestros pies. Las nubes se evaporan, el sol deslumbra y su corona rasga mis ojos. En sus brazos la fuerza del océano revienta en mi espalda, sus labios desaparecen en mi pecho, sus barbas desgarran mi piel. Mi piel es la arena que aprietan en sus puños.

El sol ha perdido su corona, cae sobre el océano y nos rodea. Por un instante el universo es espuma, escurre en mi pecho, en el vientre, en nuestro sexo erguido. El océano se hincha, es una ola que rasga el cielo y su luz revienta en la orilla. La tierra ha desaparecido. El mar se vuelve rojo y escurre de mis labios.

Del cielo la corona cae una y otra vez. El sol se esfuma y en el fondo del océano nace la penumbra de nuevos horizontes. La muerte anuncia su presencia. Mi pecho se abre, se desborda la noche, cuervos vuelan rumbo a otros continentes y en su pico llevan trozos de mi piel. Se carcajea la muerte, ellos se besan y yo he quedado fuera.