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lunes, 20 de mayo de 2013

El mejor de mis amantes



La noche roja

En tus ojos la noche encendida, en tu boca besé la sangre y la guerra y mis labios se deshilaban. Sentí mi pulso en las venas y te agarré las manos. Un escapulario colgaba de tu muñeca izquierda. Rosando tus labios, pregunté:
—¿En qué tienes fe?
El escapulario tenía la imagen de un santo sin ojos.
A mi oído susurraste:
—Lo uso por si me llegan a matar, así no tengo que pagar mis culpas en el purgatorio.
Me callaste con tus labios y entonces me importó un carajo tus crímenes o tus mentiras. Tu cuerpo fue mi noche. Atrás de tu espalda, en el Eje Central se desbordaba un río de luces, la velocidad estaba en nuestras lenguas y en el sol que aparecía en el cielo.


La noche azul

De tu boca abierta el calor cobró forma, de tus pestañas nacía otra lluvia; en tu pecho mis manos se hundían, tus brazos reventaban como las olas y así fue como me hundí al fondo del océano.

La noche amarilla

Llegamos a un pueblo cubierto por niebla y las casas eran el esbozo de una pintura. Caminamos hasta las puertas cerradas de un templo y ahí comenzó nuestra fiesta. Destapaste una cerveza, luego otra, otra… y cuando quedaba la última, confesaste:
—Toda mi familia está muerta.
Al acabarme la última gota corrí a la cantina que estaba frente al templo. A la distancia escuché tu risa. De mi cartera saqué monedas y las metí en la rockola. La música sólo fue nuestra. Al mirar atrás estabas sentado y sobre la mesa tenías una botella de mezcal. No recuerdo nuestras palabras, sólo tus pupilas enormes que navegaban rumbo a ninguna parte.
Bailamos y mis dedos helados se encajaban en tu espalda. Tu pecho contra el mío rompió los límites de nuestra piel, nuestra sangre se encausó en el mismo río, tu corazón palpitaba con fuerza y se escuchó el ruido de un tambor ante el inicio de una guerra. Las canciones se acabaron y al salir de la cantina corrimos como dos dementes. Tu cuerpo se desdibuja entre la niebla y entramos en el cementerio.

Jesús Antonio Arcadio Rosales de la Vega 1890—1960
Magdalena de los Ángeles Guerrero Gonzales 1881—1905
Teodoro Guadalupe Judas López López 1875— 1945

—¿Qué letras estarán grabadas en nuestra tumba? ¿Qué epitafio elegirías?
—El Tairi Gutiérrez 1985 — 2013. Nació con amenaza de muerte y así vivió hasta su última noche.
Los mausoleos estaban cubiertos con flores, veladoras estaban encendidas, estábamos en el sendero que nos llevaría a otro mundo. Al mirar tu rostro estaba más afilado. Fuimos dos calaveras andantes y agarrados de la mano llegamos hasta la capilla, donde resplandecía una virgen en forma de campana.
—¿Qué epitafio dijiste?
—Gracias.
—¿Gracias?
—Gracias a ti.
Y toda la noche tus plegarias resonaron en mi boca.



La noche gris

—Perdí mi escapulario.
—Quizás se te cayó ayer, en el pueblo, en el cementerio.
—¡Puta madre!
No podías con tu cara de angustia y yo no sabía que decir, porque sólo sé decir las palabras acertadas que me enseñaron desde niño. Cuando alguien se muere, cuando alguien se casa, cuando alguien triunfa y si una persona está triste “no te preocupes porque todo saldrá bien”. pero yo quería decirte algo más ¿Qué decir cuando alguien pierde un escapulario? ¿Cuándo alguien pierde la fe en un pedazo de tela?
—Lo importante es tu fe; no la fe en los objetos.
Frunciste las cejas, diste media vuelta y mientras te alejabas; exclamaste:
—Iré al cementerio a buscar a mi santo.
Presentí que no te volvería a ver.



La noche violeta

—Al regresar al cementerio sólo encontré perros.
—¿Qué dices?
La música sonaba fuerte, las luces del antro iluminaban nuestros cuerpos, sobre la mesa había una fila de cervezas, en un parpadeo te perdiste entre el tumulto y las canciones me llevaron a diferentes lugares.
Apareciste y en tu rostro escurría agua.
—¿Qué hacemos aquí?
Dejaste el auto a dos cuadras y dos borrachos se recargaban en él. Con pocas palabras los conocimos, acabamos abrazados y rozando nuestras bocas, el de la barba roja preguntó “¿Qué donde la seguimos?” Y los subiste al auto.
La música acabó por reventar las bocinas. Yo no sé de donde seguían apareciendo cervezas, tampoco el momento que abandonamos la ciudad, ni porque la noche se extendió. Imaginé sería el puente que nos llevaría a un nuevo destino. Los de atrás hablaban y reían, se quitaron las botas y la ropa. Uno de ellos me besó el cuello hasta acabárselo. Al mirarte, el otro cabrón estaba pegado atrás de tu asiento y tú con el brazo izquierdo metías tus dedos entre su cabello de espuma. No recuerdo que ocurrió, en qué momento se te marcaron las venas en la frente y echaste a los invitados del auto, sin ropa y al verlos por el retrovisor me reí y tú les mentaste la madre.

Estacionaste el auto frente a un campo, eso yo creí, pero tu jurabas que era un lugar en ruinas. Al bajar del auto te quitaste la playera y gritabas palabras ahogadas en tu garganta. Mi intuición fue imitarte y nos quedamos sin voz, descalzos pisábamos la hierba roja y nuestras huellas quedaron grabadas. Al adentrarnos en el campo, la hierba crecía como hiedras que se enredaban en mi pecho que en cualquier momento estallaría. Las puntas de las hierbas centellaban luz en la más honda oscuridad. Agarraste tu cabeza con las manos, de tu boca escupiste todos tus demonios y danzaron entre nosotros. Se esfumaron cuando el sol apareció arrojando flechas en el cielo y al caer flecharon nuestra piel. Nuestras vísceras salpicaron el paisaje; futuro alimento para buitres y nuestros huesos las cruces enterradas en el lodo, evidenciarían nuestra historia. Cuando ya no quedaron ni nuestras uñas; nuestra esencia incendió la hierba.



La noche negra

Al despertar las sábanas estaban enredadas entre mis piernas y las luces de la ciudad iluminaban el cuarto. Tu calor lo palpé sobre el colchón. Me levanté, pisé la duela y salí de la habitación. Desde el pasillo te observé hincado en la sala frente a tu altar, sobre él resplandecía el fuego de las veladoras, iluminaban las fotografías de todos tus muertos y contra la pared se movía la sombra de tu santo. En tu mano izquierda sujetabas una pistola y la persignaste varias veces. Tus rezos fueron murmullos que no pude descifrar. Te contemplé clandestinamente. La noche se acabó cuando agarraste la botella de mezcal, le diste un gran sorbo y escupiste sobre las veladoras apagando su luz.

La noche blanca

—¿En qué momento tus ojos se hicieron más grandes? Como los de una bestia, dentro de ellos resplandece luz dentro de un túnel.
—Ojalá te hubiera conocido en otro tiempo, en otro momento. Te lo confesé desde que te conocí, hoy es la noche, hoy ya vienen por mí.
—¿Quiénes? ¿Sicarios? Dime ¿A qué pinche bando perteneces? Crees que no me doy cuenta de tus movidas ¿O de qué manicomio escapaste?
—No entenderías o más bien no me creerías.
—¿Piensas que estoy idiota?
—No.
—Lo que vivimos es un juego.
—No
—¿Entonces?
—Gracias.
—¡Gracias! ¿De qué? ¿De qué chingados?
Al arrojarte al precipicio tu cuerpo hizo un hueco en el océano. Las olas reventaban llevándose la playa. Seguramente vivimos en un sueño, dentro de otro sueño, porque esto no me puede estar pasando a mí ¡No! ¡La vida no es un sueño! Pero yo ya quiero despertar para encontrarte. Tu rostro se dibuja bajo mis párpados ¿Qué letras me dijiste que querías en tu epitafio? ¡Dónde estás!¿En aquel pueblo del que nunca supe nombre? ¿En el cementerio? ¿Con todos tus muertos? ¿Pagando tus culpas en el infierno? No te he vuelto a topar caminando sobre el Eje central.
Sobre el colchón encontré tu escapulario, pero este santo sí tiene ojos y tiene la mirada perdida en la noche.

Pintura: Rubén Alpízar

1 comentarios:

Gugo dijo...

Me parece uno de tus mejores relatos, la manera en que encierras todo en panoramas cromáticos le da más coherencia al texto, está genial. Me dejas sin palabras y removiendo recuerdos y cenizas de mi inconsciente siento que lo viví todo ya pero a la vez se siente tan nuevo. Es una chingonería