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lunes, 15 de octubre de 2012

El pulso


Los cangrejos se vuelven luminosos, en el cielo las aves son puntos que abandonan el mundo, la luz del faro sombrea olas que se estrellan contra las montañas, el viento atrapa arena que se adhiere a nuestros cuerpos centellando, despiertan fantasmas y deambulan entre nosotros, en el muelle que está a punto de hacerse trozos y nos detenemos justo en el momento que el mar moja nuestros pies.

Ayer marinos, hoy calaveras ríen frente al mar.

La luz del faro nos ilumina como criminales que intentan fugarse de esta guerra, que al ya no caber en este lugar, se ha metido en la noche, en la herida de tu frente que se expande, en mis manos que se alargan hasta desaparecer en tu cuerpo, en tu pecho la sangre galopa como las olas que se estrellan contra la montaña. Deseo llegar contigo hasta el fondo del océano, para recorrer el mundo desde sus entrañas.

Que nuestra muerte sea rápida, como el aletear de un ave.

Al pisar el muelle, flotamos como los fantasmas que ven al horizonte y a los barcos que se hunden justo en el momento de abandonar los límites del mundo. Escuchamos el canto de sirenas y el canto en la garganta de los ahogados. Se asoman ojos y al fondo encontramos cuerpos de medusas y monstruos que agitan el mar. La luz del faro alumbra, distorsiona y agiganta nuestras sombras contra la montaña y desaparecen.

Al dar el salto se abre la noche.

La corriente me arrastra, la montaña se desdibuja, el paisaje son líneas de diferentes tonos, descargas eléctricas se apoderan de mi cuerpo y retumban, en el cielo sólo quedan puntos, mis manos se alargan hasta desaparecer.

Al mirar atrás, te encuentro al fondo del pasillo de este barco hundido.

Fotografía: Bejamin Dukhan