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miércoles, 13 de junio de 2012

60 segundos



Los árboles perdían sus hojas,
caían alrededor de mi cuerpo
y no era otoño.


Llovía. Tú estabas en la otra acera, con audífonos puestos, pensé en cualquier momento te daría una descarga. Automóviles se atravesaban en medio de los dos. Cuando el semáforo iluminó rojo, la calle se hizo nuestra, por un instante la música salió de tus audífonos y las líneas peatonales una a una desparecieron. A cada paso nuestros pies reventaban charcos. Temblábamos de frío, nuestros cabellos apuntaban hacía el pavimento y sonreímos como si ya nos conociéramos. La ropa adherida a nuestro cuerpo, la lluvia en tu rostro, nuestras miradas celebraban el encuentro y mi sangre golpeaba.

A unos cuantos pasos de acabar con la distancia, se escuchó un estruendo, quien sabe en donde habrá caído el relámpago. Al encontrarnos frente a frente, observé que la lluvia escurría de tus pestañas y nuestras manos por un segundo se tocaron.

No sé si fue un saludo o una despedida. Sin detenerme, por un instante miré atrás y vi un pedazo extraño del mundo, la esquina en que pudimos besarnos y al verte a ti imaginé tu voz, tu risa, la siguiente canción que escucharías ¿De cruzar palabra nos hubiéramos decepcionado o acabado en un hotel? El misterio latía atrapado en las pupilas.

Al llegar a la otra acera no pude resistir volver mirar atrás. Tú también me mirabas y seguiste tu camino. Te dije adiós con la mano y tú dibujaste algo en el aire. Sin duda, los dos sabíamos que el mejor momento para los dos lo acabábamos de vivir.




Fotografía: Jean Genet