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sábado, 10 de marzo de 2012

En busca de lo fantástico



Inspirado en la biografía y obra de Bas Jan Ader

Me detengo en el límite donde el mar moja mis pies. Apareces, sujetas mi mano y el atardecer naranja nos rasga los ojos.

─Somos cómplices de algo fantástico.

Tuerces la boca y me sueltas para adentrarte en el mar hasta desaparecer. Sucedió en un instante que apenas si pude parpadear. Las olas me impiden seguirte; al romper cada vez más fuerte, se llevan la playa y grito al encontrarme en una isla que se reduce hasta cobrar la forma de dos brazos que aprisionan mi pecho y lo aprietan…



─Es sólo un sueño.

Al despertar, me tenías abrazado y yo tosía mientras preguntabas:

─¿Por qué la cama está cubierta de arena?
─No sé, pero es idéntica a la que aparece en mis sueños.
─Me cansan tus debrayes.
─¿Piensas que miento?
─¿Pretendes que te crea, que toda esta arena salió de tus sueños, de tu cabeza?
─¡No puedes ver que sale hasta por mi boca!

Te levantaste de la cama, te vestiste tan rápido que no te percataste de ponerte la playera al revés y antes de cerrar la puerta dijiste en voz baja; ya no te quiero. Pasé la noche frente a la ventana, con insomnio, pintando mis pestañas con la luz que desprendían los astros, dando sorbos a las botellas que habían quedado a la mitad.



“En busca de lo fantástico” Fue el título del cuento que creó un monstruo de papel en el cesto de basura, que se asomaba para repetir mis palabras como bromas. Lo miré con tirria, al igual la fotografía colgada en la pared, donde apareces sin playera, con el cuerpo mojado, detrás la calle inundada y el cielo cubierto por relámpagos. Al no poder ordenar mis ideas, instalé la cámara fotográfica y de video y las encendí. Me coloqué frente a ellas, como si fuera el delincuente que está a punto de revelar sus crímenes. Cerré los ojos, sentí tus brazos rodeando mi pecho, oprimiéndolo fuerte. Al abrirlos observé la arena esparcida sobre la cama, la puerta que azotaste, tu fotografía con los rayos en movimiento y cayendo en tierra. Las cámaras fueron testigo del derrumbe, de cada una de mis lágrimas. Mis párpados cansados se cerraron arrojándome nuevamente a la isla, esta vez el mar dormía, seguramente porque tú te encontrabas lejos.

Desperté con arena adherida al cuerpo. Encendí las cámaras y al observar mis acciones me sorprendí, el monstruo que había creado en la basura se asomó y al ver el film rió hasta morir. Decidí hacer de las fotografías postales, para enviarlas por mail a mis conocidos, no sin antes firmarlas con Estoy demasiado triste para contártelo.

Cada vez que despertaba aparecía más arena, hasta que cubrió por completo las paredes y el techo. Dejé de sentir hambre y sed, tocaron varias veces la puerta, el teléfono hizo ruidos, al tener la certeza que no se trataba de ti ¡Que me importaba! Una tarde de lluvia la casa comenzó a derrumbarse; tu fotografía quedó enterrada, la puerta salió volando, frente a mí vislumbraba el océano y en la orilla una barca con la tripulación lista para zarpar: mi cámara de video y de fotografía. Puse mis pies dentro, haciéndome la promesa de llegar a otra tierra.



¿Podría captar el lente de las cámaras el paisaje que me envolvía? Creo que mis intentos fueron absurdos. Amanecía y los rayos de sol se reflejaban en el agua, anunciando el despertar del mundo. Las mantarrayas saltaban salpicando el mar, rompiendo su dermis que al estriarse se asomaban tortugas. Sumergí mis manos en el océano para mojarme el rostro y el pecho. Al acostarme boca arriba contemplé como el día perdía su fuerza, la noche se aproximaba con un puñado de estrellas, dejando caer un par sobre el océano creando agujeros, que por poco vuelcan mi barca. La luna apareció y al sonreírnos cada uno a su manera, se volvió cómplice de mis secretos. Comencé a escuchar interferencia, como si un radio estuviera perdido en la barca, pero al buscarlo no lo encontré. Transmitía diferentes voces, que algunas reconocí:

─¿Por qué tomaste esta decisión? Todos tus amigos estamos preocupados.

─Hijo, por favor abre los ojos ¿Qué tontería hiciste ahora?

─Al ver las fotografías que mandaste pensé que era otra de tus demencias ¿Cómo pude estar tan ciego?

No me importaron las voces, ni sus palabras, me alejé más, hasta que dejé de oír la transmisión.



Cuando todos ellos decidieron zarpar, muy adentro del mar encontraron mi barca volteada. Me daba risa observarlos: el rostro de mi madre cubierto en lágrimas, el de mi mejor amigo viendo el cielo como si ahí encontraría respuesta, con mi última fotografía entre tus manos, hasta casi arrugarla. Los tres con los ojos puestos en el horizonte y yo me encontraba más cerca de lo que imaginaban, pero ninguno se atrevió a bajar la mirada.

Podrían encontrar toda la verdad de mi destino grabada en video y en fotografía, pero para obtenerla tendrían que sumergirse hasta el fondo del océano.



Fotografía: Bas Jan Ader